Pregón Fiestas Siles 2025

Pregón, dado por Irene Carrasco García con motivo de las Fiestas a San Roque, de 2025.
Buenas tardes, sileñas y sileños:
En primer lugar, quiero dar las gracias a la corporación municipal, a la comisión de festejos, a las asociaciones de vecinos y, en especial, a vosotros, sileños y sileñas de nacimiento y de corazón, por darme la oportunidad de estar hoy aquí.
Hoy quiero transmitir mi enhorabuena a la reina y al míster de las fiestas y a sus damas, así como a la reina, el míster y las damas infantiles: hoy representáis el futuro de Siles.
Cuando la noche de San Juan recibí una llamada por parte del concejal de Cultura y le pregunté: «¿En qué os puedo ayudar?», nunca imaginé que esa pregunta daría comienzo a algo tan especial. Hoy, con mucha emoción, estoy aquí, en nuestra querida Plaza del Agua, con el gran honor y la ilusión de ser la pregonera de las fiestas de San Roque 2025.
¡Y cuánta responsabilidad! Porque esto no es una conferencia más: es volver aquí, rodeada de mi familia y amigos, para hablar de mi pueblo junto a todos vosotros, que sois el verdadero Siles.
Habiendo asistido a todos los pregones anteriores que mi trabajo me ha permitido, entended que hoy los nervios me jueguen una mala pasada. En esta plaza he disfrutado de anécdotas de mis vecinos más ilustres, emblemáticos y referentes para mí. Muchas gracias a todos ellos por enseñarnos el camino y por hacer del pregón de Siles algo de lo que sentirse muy orgulloso. Hoy espero estar a la altura de mi pueblo.
Y quizá por ahí debería empezar: qué suerte poder decir «mi pueblo». Porque, en un mundo que va a toda velocidad, tener un sitio al que volver, que en tu cabeza significa refugio, hogar y paz, es un verdadero regalo.
Y qué fortuna que, aunque no nací aquí, siempre he sentido que Siles era ese lugar al que podía volver y llamar casa.
Mis padres me enseñaron desde pequeña a querer este lugar. Porque… ¿qué eran veinte horas de coche desde Suiza con dos niñas y sin aire acondicionado, si al final llegabas a este paraíso, aunque solo fuera una vez al año?
Aquí están mis primeros recuerdos. Me sigue sorprendiendo ese gesto de tener siempre la puerta abierta, la bienvenida lista a cualquier hora. Porque el tiempo era oro y cada segundo se aprovechaba al máximo.
Y… ¿qué sería de este pueblo sin las casas de los abuelos?
Esos abuelos que, en estos días, guardan sus penas para ofrecernos su hogar, su compañía y todo lo que tienen como su mayor tesoro. Permitidme un recuerdo a los míos, con los que tengo la suerte de compartir mis momentos más felices. En especial, a los que hoy no están: mi abuelo Ramón y mi abuela Petra, sileños incansables, siempre dispuestos a echar una mano a quien lo necesitara.
Qué valiosos eran —y siguen siendo— esos momentos compartidos entre generaciones. Ese «vamos a sacar las sillas al fresco», que no era solo una costumbre, sino casi una terapia: bastaba con sentarse, escuchar las historias de antes y, sin darte cuenta, muchos de tus problemas parecían menos importantes. Esas partidas de cartas que unían a vecinos, a abuelos y nietos, a desconocidos que al final del verano se convertían en amigos…
Al pasear hoy por Siles y ver tantas casas cerradas, no puedo evitar pensar: qué suerte tuvimos de disfrutar de esos barrios llenos de vida.
Claro que, con el tiempo, uno crece y empieza a mirar el pueblo con otros ojos. Siles deja de parecer tan idílico y el deseo —o la necesidad— de descubrir nuevos caminos te empuja a salir, a buscar tu sitio fuera. Sientes que aquí te falta espacio… hasta que te vas. Y es entonces, en la distancia, cuando comprendes que todo lo que de verdad importa, todo lo que de verdad necesitas, estaba —y sigue estando— aquí.
Por eso, hoy quiero hablarles a los más jóvenes del pueblo: a la reina de las fiestas, al míster y a todos los que estáis en esa etapa. Y aunque muchos de vosotros os iréis, como hemos hecho otros antes, os pido que disfrutéis del pueblo, de vuestros abuelos, de esos saludos en el mercadillo, de quien todavía os llama por vuestro nombre.
Del sabor de nuestras comidas típicas, preparadas con esmero; de nuestros bailes y tradiciones, retomados con orgullo por el grupo de coros y danzas; de nuestro saber popular, que es lo que nos hace únicos.
Años después, sigo recordando todo aquello con una sonrisa cargada de nostalgia. Y me llena de alegría saber que, en algún rincón, aún soy «la hija de Pedro e Irene, los que se fueron a Suiza».
Porque en Siles, ese clásico «¿tú de quién eres?», que parece sacado de una partida de Quién es quién, no es solo una pregunta: es parte de nuestra identidad. Es nuestro linaje, nuestro punto de encuentro… y, al final, da igual de quién seas, porque aquí todos somos familia. Y, si no lo somos, lo parece.
Y, sin darme cuenta, uso en mi día a día frases como «tiene más años que el cubo»…, mientras en mi mente aparece nuestro torreón, siempre ahí, firme y sereno, como parte inseparable del paisaje y del alma de nuestro pueblo.
No quiero que hoy solo queden recuerdos de una infancia y adolescencia en Siles. Porque, aunque eso es parte de mi historia y de la persona que soy, si algo define a Siles es su gente:
Gente que apostó por quedarse en el medio rural.
Por seguir trabajando en el olivar, por mantener nuestra hostelería, crear empresas, hacer de la residencia de mayores un hogar para nuestros vecinos más frágiles en su propio pueblo. Y, sobre todo, por luchar por mantener la formación de sus vecinos. Tenemos la suerte, siendo un pueblo pequeño, de poder acceder a la mejor educación pública, y es un orgullo poder decir que hemos estudiado en el Instituto Público Dr. Francisco Marín.
A mí, este instituto me dio alas para cumplir muchos de mis sueños. Por eso, gracias a todos los que, cuando vieron en el mapa dónde estaba Siles, no se asustaron o, si lo hicieron, decidieron darle una oportunidad y apostaron por nosotros. Algunos de ellos hoy son un sileño más.
Pero también gracias a todos los sileños que abrieron nuevos caminos, a los que emigraron con Siles en su corazón y deseando volver, con ese sentimiento de quien tuvo que alejarse de lo que más quería.
Somos como ese pequeño pueblo galo de los cuentos de Astérix y Obélix: no somos un pueblo dormitorio ni un lugar de veraneo; somos un pueblo en el que se vive y en el que sigue habiendo mucha vida.
Pueblo frontera, pero con las puertas siempre abiertas. Eso lo aprendemos desde el instituto, compartiendo aula y sueños con nuestros compañeros de Castilla-La Mancha, y extendiéndose más allá: al trabajo, al comercio y hasta a nuestras relaciones personales.
Pero Siles no es solo un punto en el mapa. Ha sido, a lo largo de la historia, un refugio natural, un lugar seguro entre montañas que nos protege y nos define. Y hoy seguimos siéndolo, no solo por nuestra privilegiada ubicación, sino también por nuestra hospitalidad. Siles acoge a quienes llegan en busca de una nueva oportunidad, y no debemos olvidar esta solidaridad con quienes vienen en situaciones vulnerables.
Hoy, que soy un poco más «veraneante», quiero recordar que Siles es de todos los sileños:
De los que se levantan estos días a primera hora de la mañana.
De esos camareros que lo dan todo.
Y nosotros, los que venimos a disfrutar del pueblo, debemos poner de nuestra parte: tener paciencia, respetar su descanso y entender que a veces algo se agota o no sale perfecto.
Porque, al final… ¿qué más da una cerveza no tan fría si podemos disfrutarla rodeados de los nuestros?
Pero no estamos aquí para quedarnos en la nostalgia… ¡estamos aquí para celebrar las fiestas! Fiestas en honor a San Roque.
Los sileños, aunque por diferentes razones no estemos todo el año en el pueblo, siempre reservamos unos días de nuestras vacaciones para regresar. No importa cuántos países hayamos visitado ni qué lugares exóticos hayamos conocido… porque nuestras fiestas son únicas.
Y volver, para nosotros, es una obligación… por algo será.
Los afortunados ya, desde el día 10 con la llegada de la maratón, están disfrutando del pueblo; otros solo se escapan algunos días, pero para todos son un recuerdo imborrable del verano, incluso para quienes las viven por primera vez.
Para mí, son días de reencuentro con los de siempre. Aunque nos veamos menos, es volver a estar en confianza. Sentirse a gusto.
Porque ¿qué une más que tardes enteras en la Plaza del Agua comiendo pipas, esos baños interminables a las cuatro de la tarde en La Peña del Olivar —porque pensábamos que a esa hora hacía menos frío— o kilómetros y kilómetros dando vueltas por El Paseo?
Y hoy en día son momentos para disfrutar de nuestras verbenas con un escenario de ensueño: la sierra y el pantano como telón de fondo. También aquí se notan los años: de ser de los que bailan en primera fila… a formar parte de la retaguardia de la verbena.
Y qué tendrá nuestro patrón, San Roque, que hasta los más escépticos nos acordamos de él.
Hay tradiciones que se aprenden desde niños y que reconfortan el alma, como visitar la caldera después de la verbena del 15 de agosto.
Y, sobre todo, ese «¡Viva San Roque!» que se pronuncia con fervor, haga calor o llueva, porque es nuestro brindis de agradecimiento por estar un año más juntos.
San Roque nos da el inicio y el final a esta semana de ensueño, donde todos volvemos a ser niños viendo El Paseo iluminado, expertos corredores en los encierros y los más fiesteros cerrando verbenas.
Y como también se acerca el final de este pregón, y antes de disfrutar de nuestras fiestas, quiero despedirme compartiendo algo que aprendí gracias a mi trabajo en Oncología.
Desde el primer día, mi trabajo me enseñó que el mejor momento para decir lo que sentimos, para dar un abrazo, para estar presentes… es ahora.
Puede que no haya un «momento perfecto»…, pero si tienes cerca a quienes quieres, ya lo tienes todo.
Y por ello, solo me queda deciros:
• Disfrutad cada segundo con vuestra gente, porque esos serán los tesoros más valiosos que guardaréis.
• Tended la mano a vuestros vecinos. Valorad la suerte de tener pueblo, de conocernos todos, de saber que siempre habrá un sitio al que volver.
• Guardad esos recuerdos no solo en fotos, sino en la memoria. Porque, cuando la vida se complica, todos soñamos con volver a nuestro pueblo.
Y, por último, gracias.
A los que siempre están, por recordarme que desde Siles se puede llegar muy lejos.
Por enseñarme a estar orgullosa de mis raíces y porque, al final, ser de un pueblo pequeño es lo que nos hace grandes.
Solo me queda deciros que me acompañéis en este:
¡VIVA SILES! ¡VIVA SAN ROQUE!
